Servicio Diurno

Share

El sonido de la alarma no hizo nada para cambiar la rigidez de Varney, su ser inmóvil en las sábanas. No fue hasta cinco minutos después cuando se empezaron a ver señales de vida, con el sonido de la segunda alarma. Soltó un sonido de alguien aún atrapado entre la realidad y el sueño y crujido a crujido, su cuerpo consiguió la libertad de movimiento. Alzó la parte superior de su cuerpo y Varney ordenó a sus piernas a que le sacaran de la cama. No dio ni tres pasos hasta que el hambre casi le hizo caer al suelo.

La sorpresa del impactó le activó lo suficiente como para arrastrarse hasta la cocina, donde sacó una botella de la nevera y sumergió su boca en el líquido. No se detuvo hasta terminar con la mitad de la botella, lo que por fin le despertó por completo. Varney caminó hasta el baño y, con una palmada, encendió las luces mientras se metía en la ducha:

—Laura, pon un poco de música.

La máquina obedeció y bajo la Sexta Sinfonía de Gustav Mahler, estuvo bajo el agua con la compañía de docenas de champús y jabones. La orquesta ya terminaba su primer movimiento cuando salió de la ducha y comenzó a alisar su pelo. La sinfonía había acabado cuando llegó a su armario, donde pasó otra pequeña eternidad hasta que se decidió por un traje rojo con toques turquesa.

Varney se dirigió hacia la mesa de su despacho, enfrente de unas cortinas abiertas, donde comprobó que aún era de noche, aunque la oscuridad ya empezaba a retirarse. Satisfecho de haber empezado a tiempo, encendió su portátil, se colocó unos auriculares inalámbricos y abrió la línea telefónica. Y nada más hacerlo, recibió una llamada y la contestó de inmediato:

—Buenas, este es el servicio de prevención al suicidio. Le habla Varney, ¿en qué puedo ayudarle?

—No puedo aguantarlo más… Yo… lo voy a hacer.

—Tranquilo, estoy aquí para todo lo que necesites. ¿Cómo te llamas?

—Douglas... Douglas Seth.

—Encantado de conocerte, Douglas, ¿cuántos años tienes?

—Tengo... tengo treinta y cinco años.

—No, perdona, quiero decir... ¿cuántos años han pasado desde tu vampirización?

—Dos años, tres meses y diez días. Una noche, estaba en una cita en un bar y un hombre me dio una extraña bebida. Me sentí raro al beberla y me quedé dormido. Cuando me desperté, estaba solo en un callejón, mis ropas llenas de sangre y… y… no podía escuchar el latido de mi corazón.

Varney empezó a crear una ficha para su nuevo paciente en el ordenador:

—Mis condolencias, Douglas. En esas circunstancias, imaginó que estos dos años habrán sido muy duros.

Varney escuchó una amarga risa:

—¿Duros? No me he alimentado nada más que de la sangre de ratas y perros, no he podido ver ni a mi familia ni a mis amigos, apenas puedo ganar dinero para tener un tejado… ¡Estoy viviendo un infierno! ¡Y no lo puedo soportar más! Solo… solo quiero ver el sol una vez más.

—Y a pesar de todo eso, me llamaste. Eres más fuerte de lo que crees, Douglas, y aunque parezca que la vida de un vampiro no sea nada sino sufrimiento, te prometo que las cosas mejorarán. Y yo voy a estar contigo…

—¡No! ¡No lo entiendes! Yo… yo… acabó de matar a alguien.

Varney paró de escribir. Dejó la ficha a un lado y se concentró por completo en la conversación.

—Oh… lo siento, Douglas, ¿cómo fue?

—No me había alimentado ese día, estaba cansado y él estaba borracho. Apenas sabía dónde estaba, estábamos solos… en cuanto recobré mi mente, él… estaba… estaba…

—Tranquilo, Douglas, todo va a ir bien. ¿Dónde estás? ¿Aún estas con él?

—No, escapé en cuanto pude. Estoy en el almacén abandonado que uso como mi casa… ¡Dios! ¡No soy nada más que un monstruo, un asesino! No me merezco ni siquiera esta burla de vida.

—Douglas, escúchame bien… Matarte no va a resucitar a ese pobre hombre, el hambre te jugó una mala pasada, pero eso no te convierte en una mala persona. Aún hay mucho que puedes ofrecer a este mundo.

—¿El qué? ¡Soy un muerto que se alimenta de personas! ¿Qué es lo que puedo ofrecer?

—Hace unos cuantos siglos yo no me molestaba en hacer esa pregunta. Solo pensaba en mi mismo, en mi hambre, en mi sed de poder. No por qué fuera un vampiro,sino por qué en vida fui un barón, Douglas, no tenía mucho espacio para la moralidad. Pero cambié, conocí a gente que me dio una segunda oportunidad, que me ayudó en mis peores momentos. Y no he matado a nadie desde entonces. He escrito libros, inspirado y patrocinado a grandes artistas y músicos más famosos, he ayudado a escapar a refugiados en muchos conflictos armados a lo largo de la historia… Somos más que nuestros instintos, Douglas.

—Pero tú has tenido cientos de años para llegar a ese nivel. Yo… no puedo esperar tanto tiempo.

—Te equivocas, hay neófitos como tú que han cambiado el mundo. ¿Te acuerdas de la leucemia? Quien ayudó a erradicarla en los sesenta fue Lenore, una vampiresa de apenas cuarenta años, que fue mordida cuando tenía veinte.

—Quizás, pero no soy un científico, no soy nada más que un antiguo fotógrafo de bodas…

—¡Eso suena fantástico! Los vampiros aún celebramos bodas de todo tipo. Y estoy seguro de que habrá humanos que celebren bodas por la noche. Pero tú necesitas más que esto y te lo voy a proporcionar.

Varney fue al navegador en su ordenador y abrió una página en la que introdujo el número de teléfono de Douglas. La página mostró un mapa y a un lado, una lista de nombres y teléfonos.

—Te estoy enviando por mensaje tres direcciones y tres teléfonos. Son importantes, te van a ayudar a ponerte en pie en esta nueva vida tuya: el primero es un carnicero que trabaja en un matadero en la ciudad. Dile que vas de mi parte y te dará los primeros frascos de sangre gratis. Cuando leas el segundo, seguro que lo reconocerás, dado que eres fotógrafo, así que te sorprenderá saber que ahora tú y él tenéis más en común de lo que imaginas. Perdona la expresión, pero siempre busca nueva sangre en el negocio, así que de nuevo, dile mi nombre y aceptará concertar una cita para ver tus talentos.

—Varney… yo no sé qué decir.

—No tienes que decir nada, esto es mi trabajo. Ahora, el último número, ese es el más importante de todos, a quien tienes que ver antes que a cualquier otro. Es una sastre, humana, pero está al tanto de nuestro mundo. Ya sabes, di mi nombre y ella te hará un traje personalizado. No te preocupes por el precio, yo me encargare de eso por ahora. Lucir bien es muy importante, Douglas, esa es la clave para el éxito.

—Gracias, pero... —Douglas contuvo un sollozó—, aún maté a alguien, no me merezco tanto. Ese hombre…

—Si de verdad quieres hacer algo por ese hombre, primero tienes que arreglar tu vida. No vas a poder expiar por tus pecados si te mueres. Una vez estés mejor, tendrás todo el tiempo del mundo para redimirte. Esa es nuestra ventaja Douglas, el tiempo esta de nuestro lado. Ahora prométeme que concertaras las citas, ¿vale?

—Lo haré, gracias de nuevo Varney.

—No hay de que, Douglas. Ya sabes que estoy por aquí si quieres seguir hablando.

—Lo haré, pero por ahora… solo quiero ver la luna otra vez.

Douglas colgó y Varney se sumergió en su silla. Cogió un caramelo de sangre congelada que tenía en la mesa y empezó a masticarlo:

—Empezamos bien el día, ¿eh?

El sol ya había aparecido, pero Varney estaba protegido gracias a los cristales especiales de la ventana. El vampiro miró a la estrella:

—Otra vida que acabó de salvar de ti, maldito bastardo.

Cerró las cortinas, la única luz la de su ordenador, que señalizaba una llamada entrante. Varney abrió la línea y dijo la frase que había repetido desde hacía varias décadas:

—Buenas, este es el servicio de prevención al suicidio. Le habla Varney, ¿en qué puedo ayudarle?