En las malas se conoce a los amigos
Alberto ignoró como pudo la extraña mirada de la recepcionista y salió a la calle. Javier esperaba a unos pocos meros, su espalda en la puerta de su coche. Al verle, sonrió y le saludo. Alberto sonrió de vuelta, pero contuvo un suspiro al ver el pitillo en los dedos