Frio

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Arturo entró en la oscuridad de su casa y toqueteó la pared hasta encontrar el interruptor. Una luz tenue le dejó ver el hielo que se había esparcido desde el congelador al resto del apartamento, hiedras transparentes que abrazaban las paredes, expandiéndose por los muebles, que los devoraba de la misma manera que había hecho con el frigorífico.Se acercó al origen del frio y dejó que un temblor recorriese su cuerpo. Al principio había intentado arreglarlo, contener o incluso destruir ese problema, pero ahora esa falta de temperatura era una parte esencial de su existencia. Al lado del electrodoméstico, estaba lo que había empezado todo, un papel cubierto por escarcha: Muchas de sus letras estaban desgastadas, pero él recordaba todas y cada una de esas mentiras.

El sonido de su móvil rompió el estupor al que había sido esclavizado por la visión del papel.Escuchó las instrucciones del vendedor y le confirmó que estaría allí. La escarcha arrancó la piel de sus dedos mientras arrancaba el papel del frigorífico y tras conseguirlo, colocó la nota en su bolsillo y salió de su casa.

En la penumbra de las calles, el hielo de la carta se esparció a su mano, que no paró de temblar hasta que poco a poco perdió todo movimiento y sensación, cubierta por una inamovible capa de cristal. Llegó al callejón, donde le esperaba el vendedor, que le saludo:

—¿Tu eres Arturo? Traje tu mercancía, tal y como acordamos.

El aludido asintió con la cabeza y con su mano libre, le entregó un fallo de billetes en mal estado.

—Directo al grano, ¿eh? — El vendedor le dio la pistola— Para usarla, no tienes nada más que apuntar y...

Arturo solo prestó atención al metal en sus dedos: pesaba más de lo que recordaba y casi no podía moverla, así que tuvo que sujetarla con su mano helada mientras comprobaba el arma. Había pasado mucho tiempo desde que había usado un arma similar, pero sus dedos recordaban perfectamente como funcionaban. Incluso con el frio, sintió algo de pena.A pesar de sus intentos, jamas había podido escapar de esa vida.

—Oh, parece que usted no es un novato en esto, entonces, solo me queda darle esto —El hombre le dejó dos balas en su mano libre—, y desearle buena suerte con su caza, amigo.

Una vez solo en el rincón, Arturo colocó la munición en el cargador y reanudó su camino. Al llegar a su objetivo, el frio ya se había apoderado de sus extremidades y se movía hacia su corazón, que cada vez latía con menos frecuencia. El hielo ya no solo cubría, sino que convertía carne, sangre y huesos en dura e inflexible escarcha. Aún así, se movía con incluso más energía que antes y era incapaz de notar temblor alguno en su cuerpo.

Toco la puerta.

Mientras esperaba, no pudo evitar notar el interior y en él, vio sonrisas, luz y calor. Su dedo,escondido en su bolsillo,congelado en el gatillo, retrocedió al evaporarse el hielo a su alrededor. Se dio cuenta de lo que estaba a punto de hacer, de las consecuencias que iba a causar y se dio la vuelta. Pero solo había dado un paso cuando la puerta se abrió:

—¡Arturo! ¿Ya te han dejado salir?

Había cambiado desde la última vez que le vio. Ahora exponía su piel de forma orgullosa, sin tatuajes ni cicatrices.

—¿Recibiste mi carta? Pensé que todo estaba bien entre nosotros —le miró a los ojos y comprendió parte de la verdad—. No, entiendo, no era suficiente. Ambos eramos culpables, pero no debería haber mentido, haber aceptado ese trato que me ofrecieron. Si tienes que oírlo de mis labios, bien, es algo que te debo, así que, de nuevo, Arturo, lo…

No pudo escuchar más. No pudo ver nada más que su rostro. Y no pudo sentir nada más que frio en su cuerpo. Le disparó y empezó a sentir al ver el cuerpo caer al suelo. Pero estaba sintiendo demasiado, demasiado calor,demasiados pensamientos. Necesitaba el frio y solo había una manera de volver a él. El cañón se posó sobre su cabeza y disparó por última vez.

Fin.