La Primera Venta
—Buenos días, señor. ¿Está interesado en una máquina que mata tiranos?
La mujer delante de Rian dijo esa frase con la misma naturalidad que una camarera que ofrecía el menú.
—¿Qué? —El hombre abrió su puerta por completo para contemplar a la extraña—. Perdona, pero no te he oído bien, ¿acaso has dicho que mata tiranos?
—Si, ¿no hay montones últimamente? Al principio pensé en crear una máquina que les lavaría el cerebro y los haría abdicar, pero no me moló la violación del libre albedrío, así que decidí matarlos. No es una solución perfecta a largo plazo, pero eh, son las pequeñas cosas las que arreglan el mundo. ¿Quieres comprarlo?
Rian dejó salir una pequeña sonrisa al escuchar el cuento de la mujer. Era joven, quizás apenas salida de la universidad, pues su apariencia aún mostraba las consecuencias de ese lugar: profundas sombras debajo de sus ojos, una coleta improvisada que no escondía la falta de cuidado de su pelo y un blazer y pantalones que hubieran sido elegantes de no haber sido sacados de una montaña de ropa. En sus manos tenía la máquina de la que hablaba: una caja de metal del tamaño de un gato persa, con una pantalla rectangular, una cruceta y un botón rojo.
—Muy graciosa, señora, pero no tengo tiempo para bromas —El hombre fue a cerrar la puerta, pero la mujer casi se lanzó para detenerle.
—¡Espera! ¡No es una broma y lo puedo demostrar! —La vendedora sacó su móvil y miró a la pantalla—. Si me permites entrar y enciendes tu televisor en el canal 5, puedo hacer una demostración en directo. Te lo aseguro señor, no te vas a arrepentir.
Rian no pudo evitar sentirse intrigado por esta desesperada y posiblemente enferma mujer. Fuera lo que fuera que quería hacer, sería algo entretenido.
—Ok, te daré una oportunidad, señora…
—¡Oh, gracias, gracias! Ah y mi nombre es Ve, dueña, codueña, productora, escritora, editora, ingeniera jefe, programadora jefe, ingeniera junior, programadora junior, becaria y chica de la limpieza de la empresa “Reality Services”. ¡Este es mi primer producto! Todavía no tiene nombre, pero tú le puedes poner uno si quieres.
Rian se dio la vuelta para esconder su risa y permitir que la mujer pasara al vestíbulo.
—Encantado de conocerte, Ve, mi nombre es Rian. Así que inventaste esa maquina tu sola, ¿eh? Debes de ser muy lista.
—Ah, gracias, siempre quise inventar cosas como esta, por lo que hice un grado de Ingeniería en Electrónica y Automática Industrial. Ah, pero apenas me enseñaron lo que quería, así que tuve que aprender por mi cuenta todo lo necesario para crear esta obra maestra.
Ya en el salón, Ve miró su móvil otra vez.
—¡Va a empezar! ¡Rápido, enciende la tele por el canal 5!
Rian la obedeció y la pantalla mostró una conferencia en directo desde el Edificio de los Reinos.
—Ah, ¿no era hoy cuando ese dictador iba a lanzar un discurso sobre lo que hizo en su país? —Rian detuvo su pensamiento cuando se dio cuenta de las intenciones de Ve—. ¿No me digas que crees que tu maquina va a…?
—¡Si, planifiqué todo para tener una venta justo a esta hora! —dijo la mujer, orgullosa—. Ya lo veras, va a ser increíble, bueno, no increíble, un hombre va a morir, pero bueno, ¡ya me entiendes!
—De verdad se cree esta locura…Eh, bueno, parece que no ha empezado todavía, ¿porque no me explicas cómo funciona la maquina?
—Claro, claro —Ve depositó el aparato en la mesa—. La máquina es muy fácil de usar. Tiene una lista de nombres que puedes elegir con la cruceta y simplemente aprietas el botón para matar al tirano. La máquina sondea el planeta entero para localizar a candidatos a través de un complejo sistema de localización.
—Vaya, vaya, eso es muy interesante —Rian miró al televisor y vio que el tirano estaba en pantalla—. Bueno, parece que nuestra victima está aquí. Es la hora de que me vendas tu producto, señorita.
—¡Estoy más que lista! Ahora, fíjese bien, ¿eh?
Ve localizó el nombre, que se mostró en la pantalla de la máquina, miró a Rian, que se preparó para la vergüenza ajena de la que iba a ser testigo. La vendedora apretó el botón y en la conferencia, el dictador explotó en mil pedazos.
—¡Joder! —gritaron Rian y Ve. El hombre miró a la vendedora confundido y asombrado.
—Oh, no, no, no es gran cosa —dijo la mujer, que tenía la cara pálida—. Es que había planeado que muriera de un ataque al corazón. No sé por qué ha explotado, ¿a lo mejor la maquina envió demasiada energía al cuerpo?
Mientras más meditaba sobre el posible fallo técnico de su máquina, más color volvía a la inventora, que, tras varios segundos, parecía que se había olvidado de la sangrienta explosión. Rian, aún no podía creer lo que estaba pasando: en la televisión, la conferencia era un caos, la cámara abandonada mientras gente corría por todos lados, varios vomitando ante los numerosos y pequeños restos del dictador.
—Era verdad, estabas diciendo la verdad—musitó Rian antes de volverse hacia Ve—. ¿Cómo es posible? ¿Cómo has hecho eso?
—¿Eh? —Ve le miró confundida—. Ya te lo expliqué, estudié Ingeniería. No es tan complicado como parece, solo hay que tener imaginación y mucho tiempo libre. Pero bueno, aparte de la explosión, ¡funcionó perfectamente! Sera tuya solo por 535 euros.
—Espera, espera, has inventado una máquina que puede hacer explotar a la gente ¿y me la estas vendiendo por 500 euros? Dios, sí que es una broma…
—Lo siento que sea tan caro —La vergüenza de Ve era genuina—. La verdad es que triplica el coste de los materiales, pero necesito pagar la renta de este mes.
Rian no dijo nada, perplejo ante el enigma que era esa mujer. En silencio, volvió a la televisión, donde el desorden aún continuaba y justo cuando Rian posó sus ojos en la pantalla, un hombre al fondo explotó de la misma manera que el dictador.
—Eso…eso no debería pasar, ¿no? —Rian miró a Ve, que no había tocado la maquina tras apretar antes el botón.
—No, eso sí que es extraño…
El dúo observó como otra persona en la conferencia estallaba en una lluvia de gore; y segundos más tarde, otra.
—Ok, ok, sé que esto pinta mal —El color de nuevo había abandonado el rostro de Ve—, pero no pasa nada, voy a arreglar el problema en un periquete.
La mujer abrió la parte de atrás de la maquina y dejó a la vista la oscuridad del aparato. Metió casi la totalidad de sus brazos en la pequeña máquina, que empezó a vibrar y hacer ruidos extraños. Rian cambió a diferentes canales y todos habían interrumpido su programación para mostrar las explosiones, que estaban sucediendo cada vez con más frecuencia y por todo el mundo.
—Vale, buenas noticias —dijo Ve, aún medio metida en el aparato—. El sistema de localización funciona, así que no está matando de forma aleatoria. ¿Quizás está afectando a todos los aliados del tirano?
Rian sacó su móvil y como en la televisión, las redes mostraban explosiones por todas partes, con videos de gente estallando sin previo aviso. El hombre se fijó en el aparato con asombro.
—Esa maquina puede hacer todo eso. Es terrorífico, pero joder, tanto poder… es increíble.
—Perdona, ¿has dicho algo? Estoy muy ocupada con… Oh, oh, ¡ya sé lo que es! —Incluso con sus manos en el aparato, Ve casi salta de la alegría—. ¡Hay un bug en el sistema de localización! Este está dividido en dos partes, una que busca rasgos de personalidad comunes en dictadores: falta de empatía, sed de poder, crueldad, manipulación, impulsividad, arrogancia, megalomanía…, y otra parte que restringe esa búsqueda a personas que sean lideres de gobiernos. Y no te puedes creer lo que ha pasado. ¡El bug canceló la restricción y la maquina ha estado matando a todos aquellos que cumplan con los requisitos de personalidad! Vaya lio, ¿eh? Pero bueno, lo he detenido por ahora.
La mujer sacó sus brazos de la máquina, sus miembros cubiertos por un hollín negro.
—Oh, ¿está solucionado? —preguntó Rian.
—No del todo. Tengo que esperar a que se termine el proceso para hacer cambios más profundos, pero no te preocupes, arreglaré el bug y lo de las explosiones en un pispás. Lo que hice fue reducir el rango a lo más mínimo posible mientras se ejecuta la orden, así que no debería haber más muertes.
Rian suspiró y apagó la tele, dejándose caer en el sillón.
—Lo siento, necesito un momento, esto ha sido… mucho más de lo que esperaba. Tengo que pensar.
—Por supuesto, ehhhh, ¿puedo ir al baño un momento? Tengo que quitarme los residuos de mis manos —En efecto, el hollín en sus brazos se parecía haber multiplicado y apenas había carne expuesta, aunque Ve no parecía preocupada.
—Claro, la primera puerta a la derecha — Rian indicó sin casi prestar atención. Su mente estaba en la máquina, en lo que había visto, en lo que podía hacer. Volvió a explorar las redes, donde la gente aún temía otra epidemia de detonación espontáneas. Muchos hablaban del fin del mundo o de como esto era solo posible por un poder divino, algunos hasta rezando a la misteriosa entidad por misericordia. Una idea comenzó a formarse en la mente de Rian justo cuando Ve volvió del baño, sus brazos limpios, pero un poco húmedos.
—Gracias por permitirme usar el baño, aunque recomiendo no lavarte los dientes con agua del lavamanos. Al menos por un par de días.
Rian hizo caso omiso a ese comentario, sus ojos fijos en la máquina.
—Tengo una pregunta, aparte de arreglar ese bug, ¿puede instalar una herramienta o una consola para que yo pueda cambiar ciertos parámetros? —Cuando el hombre vio la confusión en Ve, se apresuró a explicar—. Es por si pasa otro bug similar, así yo podría evitar más muertes sin tener que llamarte y esperar a que lo arregles.
—Oh, claro, muy ingenioso, señor—La cara de la mujer se iluminó de alegría—. Un momento, ¿esto significa que lo va a comprar?
—Por supuesto, has hecho un trabajo increíble y también has demostrado una gran capacidad de improvisación al arreglar ese bug. ¿Sabes qué? Te voy a dar 600 euros por él, ¿cómo lo ves?
—Oh, eso es demasiado, eres muy generoso. Estoy segura de que la maquina va a estar en buenas manos —La vendedora estrechó la mano de Ryan y se quedó con ella cuando el hombre explotó en mil pedazos.
Tan inmóvil como la sangre que la rodeaba, Ve tardó en procesar lo que había ocurrido hasta que la maquina dio un pitido que señalizaba el fin del proceso.
—Oh… ¡Oh! Tía, ¿de verdad? Parecía muy majo —Ve empezó a retirar trozos de Rian por todo su cuerpo—. Que fastidio, ese dinero me habría ido muy bien. Bueno, de vuelta a comer arroz con atún…