Alma en la Penumbra
Se despertó con el caminar de las llamas. Recordó una brusca aproximación de su ser. Todo dolía, todo lo sufría. Quería desaparecer y no obstante, existir. Tenían que saber, ¡Tenían que saber!
Atravesó las paredes y muebles hasta acercarse a una de las llamas. Habló, gritó, susurró, imploró.
Nada.
Marie casi bailaba por su nueva casa. En comparación con donde vivía antes, era una cueva, pero era donde pasaría el resto de sus días con su amor. Escuchó sus pasos a su espalda y se giro para darle caricias, gestos demasiado pequeños para mostrar la pasión que sentía cada vez que estaba a su lado. El había sido el único que había creído en ella, en sus poemas, quién la había apoyado desde que se conocieron:
—Se que no es una mansión como la de tu familia… — hablo él tras devolver sus mimos.
—¡Ese sitio puede irse al infierno! Esto es maravilloso.
—Aún no has visto lo mejor —la apartó con suavidad y tomó su mano.
La guió por las escaleras hasta una pequeña habitación que solo tenía una mesa, una estantería sin casi libros y una silla en su interior.
—Aquí es donde solía hacer mis primeros trajes al empezar y luego las cuentas del negocio— explicó—. Con la nueva tienda, esta ahora libre para servir como tu nuevo estudio.
—Una habitación propia donde puedo escribir con libertad —abrazó a su prometido—. ¡Gracias!
—Cualquier cosa para mi futura esposa — sonrió.
Los fuegos habían vuelto y su existencia con ellos. Trató de comunicarse otra vez y de nuevo, no escucharon. Fue cuando descubrió las energías que las llamas habían instalado en la residencia.
Estaban por todos los techos y al acercarse a una, su ser perdió fuerza, sensación que se magnificó cuando la tocó y por un momento, la energía se esfumó.
Una de las llamas se detuvo.
Lo había visto. ¡Podían entender, conocer! Aguantó el castigo mientras pasaba a través de las energías que guiarían a la llama a la revelación. ¡Lo estaba haciendo, lo iba a conseguir! Una última energía sería suficiente para indicar donde deberían empezar a buscar, donde estaba la verdad. Su mano se aproximó a la luz...y esta la devoró en su totalidad.
Con el peso reciente del anillo en su dedo, Marie besó a su marido, la señal que dio fin a la ceremonia. De los invitados, Padre fue el primero en estrechar la mano de su esposo y le llevó a un lado en una conversación casi paternal. La mujer rió para sus adentros ante esa extraña visión.
—Hija.
Ella apareció a su lado y tomó todo el calor del momento.
—Madre...¿por fin vas a felicitarme? Si incluso Padre ha conseguido eso, tú podrías seguir su ejemplo.
—Marie...siempre has sido tan inteligente — la vieja suspiró—. Si solo tuvieras la sabiduría para aprovecharla.
—Por favor, Madre, ¿no puedes ni siquiera pretender apoyarme en este día?
—Se que he perdido tu amor. —su voz tenía emoción por primera vez—. Más aún eres mi hija. Quiero que sepas que cuando...si las cosas salen mal, puedes contar con tu familia.
Por mucho que la odiara por años de opresión, Marie no podía negar la sinceridad en esas palabras, más tampoco podía responder sin perderse ante su ira. Con su silencio como respuesta, se marchó para volver con su cónyuge.
El tiempo había aumentado el número de llamas y con eso, su tiempo en vigilia. Pero ya no intentaba las energías, el dolor demasiado fuerte para su existencia. Sin un modo con el que mostrarles la realidad, solo deambulaba por los pasillos.
Su atención solo en su lástima, no notó el cese de movimiento de las llamas a su espalda, no hasta que escuchó lo que había estado fuera de su alcance desde la primera vez que despertó: sus voces.
Se giró y los vio, no a la luz de sus fuegos, no, sus formas, sus rasgos, sus tamaños: uno era alto, mayor y masculino. La otra era más baja y era una mujer...como ella, había sido...no, era una mujer.
Retrocedieron ante el miedo, ante ella. La veían, la sentían...¡esperanza! Movió su boca, pero fuera lo que fuera lo que oyeran, no fue lo que quería transmitir y se desvanecieron de su vista.
Pronto, las paredes también lo hicieron, luego las energías, los muebles y su ser mismo.
Marie terminó de escribir con un orgullo que murió tras examinar con más detalle su creación. Arrancó la página y la tiró junto a los otros fracasos. Tras meses de trabajo, estaba cerca de terminar su primera obra y tenía que ser perfecta.
La tinta volvió a salir y esta vez había acertado. Su mente estaba eligiendo las perfectas palabras y se encontraba por la mitad cuando sintió una mano en su hombro. Un temor invadió su mente hasta que reconoció la figura a su espalda como la de su marido. No le había escuchado entrar, a pesar de que la puerta del estudio estaba cerrada.
—Te vas a volver pálida si sigues encerrada tanto tiempo aquí —su voz eliminó sus dudas y permitió que besara su cuello—. Deberías salir más.
—Lo siento, estos últimos versos me han desquiciado. Hola, cariño, no sabía que habías llegado.
—Si, el trabajo es cada vez más insoportable, sin embargo, merece la pena con tal de verte. Vamos, baja, la sirvienta ha preparado un aperitivo.
El puño de la mujer se cerró sin que se diera cuenta.
—Su nombre es Doris, sabes que no me gusta que la llames así. Es nuestra empleada, cobra por su tiempo.
—Si, si, lo siento —se separó de ella—.¿Vas a bajar?
—Si, ahora voy. Terminó y estaré contigo, cariño.
Se marchó en silencio y cuando estuvo segura de que se había ido, Marie se permitió suspirar. Estos meses habían sido encantadores, adoraba estar con él, más había momentos en que casi no la dejaba respirar. Solo podía escribir en paz cuando el salía a trabajar, así que odiaba y a la vez casi agradecía ver que cada vez llegaba más tarde.
La habían visto, era imposible que negaran su existencia, pues se había manifestado un par de veces más y aún, aún así, las llamas hacían lo mismo: se asustaban, corrían, no querían comprender, rechazaban la verdad. ¡Ignorantes! Algo peligroso creció en su mente y la impulsó a más.
Se los revelaría, de una manera u otra.
Y pronto su solución se mostró: una nueva llama, más débil y pequeña que las otras, mas frágil que ella. Se abalanzó sobre su luz y como las energías, el fuego se esfumó y tomó su lugar. Los vio, al hombre y a la mujer y cuando hablo, no, con la voz de su prisión, sino con su propia voz, la escucharon.
¡Si, si, si! Era la oportunidad perfecta… hasta que sintió el sufrimiento, el terror al que sometía a la pequeña llama. No,no,no, ¿que había hecho? ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué estaba haciendo? ¡Monstruo, monstruo, monstruo!
Liberó a la llama y se refugió de su vergüenza en la oscuridad.
Marie observó la vaciá silla que su marido debería haber ocupado hacia horas. Otra vez no se había presentado para cenar con ella. Estaba sola, ya que había enviado a Doris a su hogar, a pesar de que esta le había ofrecido su compañía. En meses pasados, habría usado esos momentos para escribir, sin embargo, ahora no tenía ánimos para eso, pues el había cambiado demasiado. Cada vez tardaba más en regresar del trabajo y cuando estaba en casa, buscaba controlar toda su existencia: odiaba que pasara tiempo en el estudio, demandaba saber con quién y cuando salía, y si se dignaba a leer sus poemas, parecía criticar más el hecho de que los hubiera escrito que su contenido.
Esto no había ocurrido todo de golpe, habían sido variaciones sutiles al principio, como una sugerencia que se convirtió en una orden, curiosidad que se tornó en control. Una parte de ella no quería admitir el temor que el no se había transformado, que siempre había sido así, que el amor y la inocencia la habían cegado ante su verdadero ser.
Escuchó la puerta y con pesar, se dirigió hasta la entrada, donde el acababa de depositar su vestimenta.
—La cena esta fría—ella le recibió.
—No importa, ya comí afuera.
—Vaya, podrías habérmelo dicho. No te habría esperado si…
—¡Marie, por favor! Me mato a trabajar día tras día, ¿y es así como me das la bienvenida? Yo te he apoyado en todo lo que has hecho ¿y tu no puedes hacer lo mismo? —suspiró y pareció tranquilizarse—. Lo siento, no es justo que te diga eso. Se que no he sido el perfecto marido, pero lo estoy intentando. Te amó, ¿lo sabes, no?
Cuando empezó esta rutina, estos discursos la conmovieron, le daban esperanza de un futuro mejor. Ahora no sentía nada.
—Lo se, yo también te quiero —mintió—. Lo siento.
Sus labios se unieron de forma breve y fría.
Apenas se despertaba. No era debido a la reducida actividad y el escaso número de llamas...no, lo que destruía su forma y la hundía en la penumbra era su culpa y arrepentimiento. Merecía esas cadenas, ese dolor. ¿Cómo, como podía haber hecho tal atrocidad?
Tenía que desaparecer.
Y sin embargo,¡sin embargo! Aún quería que supieran la verdad. No era solo por ella. Necesitaban descubrir el horror que se escondía en su hogar. Era una injusticia que no podía continuar.
No obstante, no se atrevía a hacerlo, no si la única manera era poseer a los fuegos. Por lo tanto, se dio solo permiso para llorar y lamentar en sus momentos de vigilia, su vista fija en la puerta que escondía el secreto que nadie vivo conocía.
Marie leyó el papel y supo que era otro engendro destinado a la basura, un acontecimiento común en los pocos momentos en los que tenía la resolución para escribir. La vivencia con su cónyuge se había convertido en un infierno: todos sus malos hábitos habían empeorado, demandaba más, discutía más y se marchaba por más tiempo. Ni siquiera podía disfrutar de sus ausencias, pues no podía dejar de pensar en que pasaría en su regreso.
Tocaron a la puerta del estudio y por ello, supo que solo podía ser una persona:
—Lo siento Marie, estaba limpiando el traje del señor y se que prefiere limpiarlo el mismo, pero estaba tan sucio y entonces… —Doris desveló lo que tenía en sus manos:
Era un pañuelo rojo, cubierto por largos pelos rubios,con el nombre«Rose», bordado en una cara.No supo si lo que le dolió más fue la falta de sorpresa o la rotura final de su matrimonio,más sintió un poco de alivió al saber que la farsa había llegado a su fin. Ordenó a Doris que pusiera el pañuelo de vuelta en su sitio y cuando él llegó por la madrugada,pretendió que todo seguía igual. No iba a conseguir nada con una confrontación, pues negaría, tergiversaría sus palabras hasta eliminar todo el peso de la acusación. Y un pañuelo no sería suficiente para que Padre anulara el matrimonio.
El día siguiente, cuando él se marchó, ella le siguió, vestida como su empleada. Ni siquiera fue a trabajar, sino que recorrió las calles hasta que se reunió con una mujer pelirroja, a la que abrazó y besó con amorío.
No aguantó mucho tiempo esa humillante visión y volvió a casa, ya decidida a finalizar con todo de una vez por todas. Doris se había ido tras ayudarla con las maletas, que ya estaban en la puerta, cuando él se presentó en la entrada, un poco más temprano de lo habitual.
—¿Qué es est…
—No deseó escuchar nada de ti— Marie le interrumpió—. Lo se todo, te vi con esa mujer esta mañana.
—¿Me viste…? ¡¿Acaso me has seguido?! —se calmó demasiado rápido—. Marie, por favor, se razonable. Hablemos, esto es solo un malentendido.
Ella no dijo nada, solo se terminó de vestir para salir.
—¿Qué vas a hacer ahora sin mi? Soy tu marido, me necesitas…
—Voy a volver con mi familia y tras lo que me he visto, no me costara convencer a Padre para que anule el matrimonio —Tomó sus maletas y se dirigió a la puerta—. No me vas a volver a ver.
El la agarró por el brazo.
—No te vas a ir. Tranquilizate y discutamos esto antes de que pase algo drástico.
—¡Suéltame! ¡No hay nada de lo que hablar! Hemos terminado.
Algo cambió en sus ojos.
La tiró al suelo y se abalanzó sobre ella. Sus manos retorcieron su cuello con fuerza y trató de resistir como pudo: pateó golpeó y arañó...el siguió apretando. No podía respirar, no podía respirar...no podía...podía sentir…
Nada.
Marie sabía que los fuegos estaban abandonando el hogar. Lo había notado con el desvanecer de los muebles, con sus cada vez más largas ausencias.
Solo quedaba una llama e iba a compartir el destino de las otras cuando algo pasó. Abrió la puerta que casi no abrían y bajó hacia el sótano. La esperanza y la desesperación venció a su culpa y vergüenza. No quería estar atrapada en la oscuridad, dormir y soñar con sus errores, su ingenuidad, sus últimos días, sus últimos momentos.
Siguió a la llama e imploró a que mirará, a que notara los detalles, a que observará de verdad.¡Por fin! ¡Por fin! ¡Estaban tan cerca! Usó la energía del techo una y otra vez y el fuego no comprendió.
¿Como eran capaces de ignorarla, de no sentirla enterrada bajo el suelo, junto a las otras? Doris se había unido a ella poco después y no fue la última, ni ella la primera. La amante pelirroja, la dueña del pañuelo y muchas otras también estaban allí: algunas más jóvenes, otras más viejas, de alta y baja cuna, todas estaban allí, en la oscuridad. Marie no había sido la única en despertarse, sin embargo, nunca conseguían permanecer por mucho tiempo. El dolor, el dolor, era demasiado. Pronto se perdería en sus pesadillas, tal y como se había hundido antes.
Quedaba poco de su ser. Su forma moría. Marie gritó a la llama con todas las fuerzas que le quedaban. Esta se detuvo y la miró. La miró a ella...y no hizo nada.