3ºEl Arcaico Morador

El incidente comenzó en el sesquicentenario del pueblo de Traluzo. Situado en el norte del país, rodeado por montañas, con seiscientos veinticuatro habitantes, con solo una carretera conectándolo con el mundo exterior, la primera impresión que muchos tendrían de esta localidad es que era una burbuja del pasado, atrapada en extrañas tradiciones y desconfiada del hombre externo. Pero nada era más lejos de la realidad, pues sus habitantes habían abrazado la cultura y las ventajas de los tiempos modernos, lo cual lo demostraron con esas festividades: Comenzaron enseñando un video que, una agencia de marketing, Viajes de Sueño, envió al ayuntamiento para promocionar turismo en el pueblo. Después siguieron con una actuación de “El caballero de Olmedo” por estudiantes del instituto I.T.S. Traluzo y terminaron con una canción del grupo de rock local “Los Cabrizos”. El alcalde, Alberto Aimando Roteño, se dispuso a finalizar el aniversario con un discurso, cuando fue interrumpido por una Persona.

Era alta, de dos o quizás tres metros de largo. Andrógina, con largas piernas, largos brazos, largo pelo. Macilenta, famélica, sin color excepto en las ropas: Una camisa de cuadros naranjas y rojos y unos vaqueros azules. Estas estaban estrechadas, con roturas y manchas de tierra oscura. La confusión de su existencia permitió a la Persona acercarse al podio y hablar:

—He vivido aquí mucho más tiempo que vosotros. Me he cansado de toleraros. Marchaos.

La Persona dio un enorme salto que la separó de la muchedumbre y se esfumó con un trote casi animal.

Entre los espectadores, Alejandra Bretenza se sintió un poco más perturbada que los demás, pues había notado algo familiar en las ropas de la Persona. Algo extraño. Ese día, Alejandra había salido antes de trabajar, no solo para disfrutar del aniversario, sino para cenar fuera con su marido, Roberto Bretenza. Pero la intrusión le había quitado el apetito, así que decidió cancelar la reserva y usar el teléfono de casa para comunicarle a Roberto el cambio de planes. No tuvo que hacerlo, pues al llegar a su hogar se dio cuenta de por qué las ropas de la Persona le resultaban familiares: eran las de Roberto, cuyo desnudo cadáver se pudría en el pasillo. Su cuello había sido retorcido con tal fuerza que su cabeza casi se había separado de sus hombros. 

No se descubrieron pisadas o huellas dactilares del asesino, aunque el principal sospechoso fue esa Persona, a quién la policía local buscaba en numerosas patrullas. Un par de días más tarde, el alcalde instó al populacho a no temer miedo del aislado incidente, pidiendo voluntarios que se unieran a la policía en la búsqueda del asesino.

Pero no ocurrió nada hasta una semana después de la muerte de Roberto: fue en la calle Emilio del Retalo, en la vivienda número quince, vivió una familia de cuatro: Francisco Ceniciento Bentoza, de cuarenta y tres años, oficinista; su esposa Emilia Hernández Barrancos, de treinta y nueve años, profesora de primaría; el hijo mayor Alberto Hernández Bentoza, con seis años y la hija menor, Lucia Hernández Bentoza, quién había celebrado su quinto cumpleaños la semana pasada. Habían ido a la ciudad a ver una película en el cine. Esa noche, Francisco estaba leyendo en el salón cuando notó algo en la oscuridad de la calle:

Una silueta. Una figura tan larga como una grieta en un risco.

Estaba quieta, a unos pocos metros de la ventana. Francisco presenció el discurso de la Persona, así que no tardó en reconocerla.  De inmediato, alertó a Emilia para que llamara a la policía, pero la línea estaba cortada. No podían salir con la Persona afuera, así que, tras ordenar a sus hijos que se escondieran debajo de las camas, comenzaron a bloquear todas las puertas y ventanas con muebles.

 La Persona no se movió durante todo ese tiempo.

Emilia estaba subiendo al segundo piso para reunirse con sus hijos cuando recordó la ventana del baño. Esa que nunca se pudo cerrar bien. Sabía que revisarla sería una pérdida de tiempo, pues la ventana era demasiado estrecha para que alguien pueda entrar. Aún lo hizo y por ello, pudo ver a la Persona entrar a través de la abertura.

Estaba desnuda.

Los vecinos llamaron a la policía tras escuchar los gritos de los niños. Cinco minutos después, dos agentes se presentaron delante de la casa, justo cuando los gritos se silenciaron. Los policías consiguieron hacerse paso a través de las barricadas improvisadas y llegaron al segundo piso. Allí, descubrieron los restos machacados de Emilia y Fernando enfrente de la puerta del baño. Los niños, Alberto y Lucia, estaban fuera de sus habitaciones, pero ilesos.

Esta carnicería fue lo que llamó la atención de toda la nación sobre lo que pasaba en Traluzo.  Dos días después del ataque, llegó, junto con la prensa, el agente Daniel Cros Agarr, un detective de la Guardia asignado al caso. La policía recibió refuerzos de otros pueblos, para así incrementar el número de patrullas. Con este incremento en recursos y números, se tuvo la esperanza de que la Persona no se atrevería a atacar de nuevo. Que incluso sería atrapada antes de se cobrará otra víctima. No fue así.

En el aniversario semanal del ataque, Georgina Solonme Perez, de veintidós años, recepcionista, había salido en su paseo matutino a las seis de la mañana, como era su rutina antes de ir a trabajar. Su ruta era simple: salir de su casa, atravesar el parque de los Logroños y dar la vuelta hasta volver. 

No vio a la Persona a sus espaldas.

Georgina fue descubierta en la copa de un árbol en la entrada del parque a las nueve de la mañana. Sus brazos y sus piernas habían sufrido numerosas rupturas, pero estaba viva y consciente. Pudo confirmar a las autoridades que le atacó la Persona, pero fue incapaz de proveer más detalles.

Siete días pasaron y las nuevas víctimas de la Persona se descubrieron en la furgoneta del diario El Reproche, a las once y diez de la noche. Este diario había sido uno de los periódicos más racionales, rechazando conspiraciones sin sentido como que la Persona era un experimento del gobierno, un alienígena o que todo era un truco de marketing, falsificado por Viajes de Sueño. Por ello, Pablo Casado Cerezo, un ganadero de cuarenta y dos años, había ofrecido el día el día anterior, que los tres reporteros pasaran la noche en su vivienda.

Cuando no lo hicieron, Pablo tomó su coche para dirigirse a la furgoneta del Reproche, aparcada en un aparcamiento al otro lado del pueblo. La Persona, vestida con el pijama de Emilia Hernández,  estaba enfrente de uno de los reporteros, Ana Camelo Ossura, cuando notó a Pablo en su coche. Pablo dio media vuelta y pisó el acelerador.

El coche no fue lo suficientemente rápido.

Si Ana no hubiera estado allí, las autoridades habrían presumido que Pablo había muerto en un accidente al chocar con los guardarraíles, debido a la condición del automóvil y su persona. También fue gracias a Ana que se pudo confirmar que los restos de carne en la furgoneta pertenecían a sus compañeros, David Mendoza Petreb y Lucia Robusta Vos.

Debido al discurso inicial de la Persona, el detective Daniel Cross decidió empezar a estudiar la historia del pueblo: había sido fundado tras el descubrimiento de unas reservas de zinc en una montaña cercana, por lo que se construyó una mina y a lo largo de las décadas, decenas de túneles nacieron bajo la superficie, muchos llegando hasta el pueblo. Pero una vez se secó el mineral, la mina fue abandonada y el pueblo aprendió a subsistir al introducir ganadería y en los últimos años, el turismo, gracias a los curiosos robles con troncos blanquecinos, casi transparentes, que solo existían en la zona.

Daniel teorizó que la Persona utilizaba los túneles para esconderse y moverse por el pueblo, así que organizó un equipo de búsqueda, que consistió en: Daniel, dos policías locales (los mismos que descubrieron a los Bentoza), Juan Abridgas Lopez, un antiguo minero y Luis Draco Barranco, un espeleólogo de la ciudad. Pasaron seis horas en los túneles, sin resultado alguno. En todo momento, los participantes sintieron que algo les observaba.

Dos días más tarde, comenzaron otra búsqueda bajo tierra. Esta duró siete horas y se cobró un muerto: Juan, quién falleció por el inesperado derrumbe de un túnel. Esto provocó el sellado de los túneles con explosivos.

La Persona no fue la única asesina en esos días: un miércoles por la mañana, David Jie Carrozas estaba bebiendo delante del televisor en su casa. Aunque aún faltaban cuatro días para el aniversario semanal, David no podía dejar de temer un inminente ataque por la Persona. Así que cuando escuchó un forcejeo de una cerradura, sacó su pistola y disparó, matando a Elisabet Herrera Carrozas.  Elisabet había salido borracha de un bar y se había confundido de casa. Tres personas más morirían en incidentes similares a medida que los ataques continuaban y la desesperación crecía un poco más en el corazón del pueblo.

Con la llegada de cada aniversario semanal, Traluzo se preparaba lo mejor posible para lo que ya se veía como inevitable. El día anterior a un futuro ataque, se cerraban todos los negocios, se formaban campamentos en el estadio, el colegio y en el ayuntamiento, donde los habitantes podían pasar la noche, custodiados por la policía.

Daniel Cros había pasado varios días encerrado en una de las antiguas casas del pueblo. Jamás había detenido su estudio de la historia de Traluzo, pues sospechaba que había algo crucial en ella. Había aprendido que la zona nunca tuvo una población humana nativa y a pesar de la abundante vegetación, tampoco tuvo mucha fauna, como si algo espantará a los animales.  Un día antes del aniversario semanal, Daniel estaba ocupado leyendo el diario de uno de los primeros colonos. Y descubrió una posible pista sobre la Persona cuando el colono habló sobre la aparición de pequeños agujeros en la zona. Estos no eran desconocidos para la gente actual de Traluzo, quienes los habían identificado como guaridas de conejos. Sin embargo, en la época en el que el diario había sido escrito, no había conejos en el área, pues estos llegarían con futuros colonos.

Daniel salió corriendo hacia su coche para advertir a las autoridades locales de su descubrimiento y de la teoría sobre la Persona que había formado. Aún quedaban tres horas para el aniversario semanal. Estaba conduciendo cuando la Persona descendió de la oscuridad e impactó con el vehículo. El motor fue aplastado por el peso. Daniel permaneció consciente y sacó su pistola.

Disparó tres veces.

 Debido a los campamentos y al cierre de negocios, pasarían casi veinticuatro horas hasta que una patrulla de voluntarios descubriría los restos del vehículo en mitad de la carretera. No había rastro ni del diario ni del agente, aunque para ese entonces, ya se sabía de su paradero.

Pues un par de horas antes, en la subestación eléctrica que alimentaba al pueblo, Kurt Roman esperaba el final del día. A pesar del peligro, Kurt se había ofrecido voluntario a vigilar la vieja estación. Era un hombre viejo, así que no le costó convencer a sus compañeros de que, como en los anteriores aniversarios, él era la elección adecuada. Sin embargo, Kurt estaba motivado por algo más que pragmatismo: había sido un viejo amigo de Francisco Ceniciento Bentoza, la segunda víctima de la Persona y, con su viejo revolver, deseaba tener la oportunidad de vengarse. No le importaba la posibilidad de morir y no tenía muchas esperanzas de siquiera encontrarla, pero aún tenía que intentarlo.

De repente, algo golpeó los generadores y la luz se desvaneció de la estación entera y poco después, del pueblo entero.  Gracias a las llamas que comenzaban a nacer, Kurt observó como algo había aplastado los transformadores. Salió de su oficina hacia el campo y con la luz del fuego, descubrió la silueta escondida en la oscuridad.

La Persona llevaba el uniforme de Daniel, manchado con tierra oscura.

Le observaba en silencio. Kurt ni recordó su revolver, su mente fija en los detalles de la Persona: los restos de líquido dorado en una boca circulada, la extraña forma de sus dedos y cómo los huesos parecían querer salirse de esa blanquecina, casi transparente piel. Un par de minutos más tarde, la Persona dejó de mirarle y desapareció a en la oscuridad.

 Una vez los bomberos apagaron el fuego, descubrieron los restos calcinados de una persona, que se pudo identificar como el detective Daniel Cross. La subestación no tardó en ser reparada y dos nuevos agentes fueron asignados al caso desde la capital, pero el daño ya estaba hecho, pues nadie estuvo tan cerca de acercarse a la verdad como Daniel.

El terror causado por el siguiente ataque solo pudo ser igualado por la confusión que provocó en todos los testigos: ocurrió en el estadio Alfonso Roteño, que estaba siendo utilizado como un campamento improvisado. Hospedaba a doscientas personas, incluyendo a treinta agentes de policía que patrullaban el interior y el exterior. El estadio era de techo cerrado y tenía todas las luces encendidas. A las once de la noche, los cuerpos de Jaqueline Estdi, de catorce años y David Beñoza Rotaña, de treinta y tres años, cayeron del aire con tal fuerza que siete personas resultaron heridas debido a las esquirlas y otros fragmentos. Cómo se esperaba, no se encontró rastro de la Persona, pero tampoco se descubrieron aberturas por la cual los cadáveres podían haber sido introducidos.

Las victimas pertenecían al campamento que se había formado en el ayuntamiento, al otro lado del pueblo. Jaqueline se había hospedado junto a su familia en una tienda de campaña en la recepción, David dormía en un saco de dormir en uno de los pasillos superiores en el otro extremo del ayuntamiento, cerca de cinco personas. Ella desapareció a las nueve de la noche y él a las nueve y cinco. Autopsias determinaron que habían fallecido alrededor de las nueve y media.

Algo más que vidas se perdió ese día, pues la poca confianza de la población sobre las autoridades se esfumó por completo. Hubo intentos de campamentos, pero incluso aunque no fueran atacados por la Persona, aún había problemas, pues la tensión y el miedo causaban numerosas peleas. En uno de esos altercados, siete personas resultaron heridas, una de gravedad.

Tras varias semanas de fracasos, el gobierno nacional dio un estado de alarma y el ejercito llegó al pueblo mientras su población sangraba: cada día, cada semana, con cada inevitable víctima, más personas abandonaban Traluzo. Negocios cerraban de forma permanente y familias escapaban de la posible carnicería.

La presencia militar no fue un impedimento para la Persona, que acabó con una patrulla de cuatro soldados en uno de los ataques. Una vez el veinticinco por ciento de la población abandonó el pueblo, se decidió evacuar Traluzo, oficialmente de forma provisional, pero la realidad es que nadie planeaba volver y así, nadie lo hizo.

A lo largo de trece semanas, la Persona mató a ochenta y siete personas, cuatro de ellas menores de edad; herido de gravedad a veinte y dos personas y asesinado a cuatro mascotas. En total, la Persona fue avistada siete veces.

El ejercito permaneció en los alrededores del pueblo abandonado en frutales búsquedas. Se aprovechó la oportunidad para probar tecnologías experimentales como el uso de drones, pero las maquinas fallaron igual de bien que las personas. Así, tras un año de inactividad, el ejército se marchó del lugar. Se concluyó que la Persona se había ido del lugar.

No lo había hecho.

Traluzo permaneció vacía por varias décadas, hasta que un nuevo gobierno implementó una campaña de reconstrucción. Propaganda fue utilizada para mitificar los acontecimientos pasados y alentar a ciudadanos a moverse al pueblo, ahora Nueva Traluzo. Fue un éxito y en diez años, Nueva Traluzo se convirtió en un villa exitosa, que subsistía gracias a la agricultura y a la energía solar. No hubo ningún ataque o avistamientos.

Aquellos que aún creían o recordaban los ataques de la Persona temieron su regreso hasta el final de sus días, atormentados por la eterna cuestión: ¿Qué es lo que encontró la Persona tan intolerable en el viejo Traluzo?