2ºRelato: Fin de los Pensamientos

Al ver la hora, el hombre saltó de la cama. Iba a llegar tarde al trabajo, lo que sería algo peor que la muerte. En la calle, sin embargo, aún era de noche y no había nadie a sus alrededores. Recordó entonces el cambio de hora y que debía de haberse olvidado de actualizar su alarma: había salido lo más temprano posible. Con un caminar pausado, llegó hasta la parada una hora antes de lo habitual. Ya en su sitio, sacó su teléfono móvil para distraerse cuando notó la presencia de una mujer, que, con paso ajetreado, se colocó al otro lado. Tenía un brillo extraño en sus ojos.

—Como es la vida, ¿eh? —La desconocida le sonrío—. A pesar de que me he sentado aquí multitud de veces, aún no sé a dónde vas.

—Perdona, ¿nos conocemos? —preguntó el hombre.

—Oh, lo siento, mis modales no son lo que eran. —La mujer se golpeó la cabeza con la mano—. Estoy atrapada en un bucle temporal.

—No esperaba oír eso… —El hombre guardó el móvil—. ¿Como en las películas?

—Sí, sí, vivir el mismo día, una y otra vez. —La mujer se mordió el labio con un poco de fuerza y examinó el reloj en su brazo—. Dentro de unos siete segundos, un deportivo azul se va a detener en el semáforo, el conductor va a poner música a todo volumen y va a continuar por la calle de arriba.

Todo ocurrió justo como ella había dicho.

—Puede haberlo preparado para que eso pasara —argumentó el hombre—. Si nos hemos conocido antes, ¿qué tal algo como mi nombre o mi trabajo?

—Apenas hemos hablado. —La mujer se puso de pie—. No vengo aquí por el transporte público, es que he cogido la costumbre de ir a sitios a los que antes no solía ir, para ver lo que se puede probar.

Hubo silencio por un momento.

—Estoy impresionada —le dijo ella—, acabo de decirte estas locuras y no solo no pareces asustado, sino que me has seguido la corriente. Ni siquiera me has pedido que me vaya o te has marchado.

—Oh, si le contara los encuentros que he tenido en paradas como esta... Usted, al menos, no parece peligrosa.

Ella rio al escuchar eso.

—¿No te importa que siga con este tema, incluso sin pruebas sobre mi experiencia?

Él le dio permiso con un gesto.

—He intentado de todo para salir, ¿sabes? He ayudado a todo el mundo, confesado mis secretos, tratado de mejorar como persona… —La mujer contó intentos con su mano— Me he reunido con científicos, psíquicos, he ido a todo tipo de iglesias y viajado a otras partes del mundo. Nada.

—Lo siento, no me puedo imaginar lo terrible que puede ser vivir algo así.

—Oh, lo es, lo es, pero… —Ella observó sus dedos—. No es lo que me preocupa ahora. Lo terrible son los pensamientos. No sé si siempre estaban ahí, escondidos en mi interior, o nacieron por el bucle. Fuera lo que fuera, no puedo dejar de tener todo tipo de horribles ideas, de toda clase, hacia todo el mundo, todo el tiempo.

—Oh... Son solo pensamientos, ¿no?

—¡Yo no quiero hacer daño a nadie! —La mujer dobló los dedos de su mano izquierda de tal manera que casi los rompe—. Y no lo he hecho, gracias a que me he matado una y otra vez.

Su sorpresa no evitó que él se diera cuenta de que la extraña había sacado unas llaves.

—Había muerto antes, con pastillas. —Ella apretó las llaves hasta que comenzaron a volverse rojas—. No fue lo mismo, pues lo que necesitaba era el dolor.

Comenzó a narrar sus muertes: los clásicos suicidios como la horca o el ahogamiento fueron demasiado rápidos. También probó con mutilaciones de muchos tipos. Sin embargo, siempre caía inconsciente antes de terminar el trabajo. Otros métodos fueron más imaginativos, como cuando bebió nitrógeno líquido o se inyectó ácido de batería en las venas. Pasaron los minutos mientras contaba sus intentos y, aun así, apenas había rascado la superficie de su autoinfligida matanza:

—… conseguí arrancarme un ojo con mis propias manos, pero me desmayé por el shock antes de continuar. —La mujer se aproximó hasta él—. Si no hubiera perdido la habilidad de olvidar, me borraría eso de la memoria.

—No lo entiendo, ¿entonces no disfruta de esto? —El hombre rompió su silencio.

—Odio cada momento y, a pesar de que siempre lo hago con dudas y miedo —se estaba rascando el cuello hasta desollarse—, nunca cuestiono si lo merezco.

—Escuche —dijo él mientras la examinaba con más detalle, descubriendo heridas frescas por todo su cuerpo, antes escondidas bajo su ropa y postura—. Sea lo que sea que piense que haya pasado, sufrir no es la solución. Necesita ayuda.

—¡No quiero herir a nadie! —Su respiración se volvió agitada, empezó a tambalearse—. No me importa si no hay consecuencias, no estaría bien y no quiero, no quiero hacer daño a nadie.

—¡No lo va a hacer! —El hombre se levantó—. Son solo pensamientos, no la definen. Si reacciona así ante ellos, no creo que sea una mala perso…

—¡Una buena persona no tendría esos pensamientos en primer lugar! —le gritó la mujer y, al escuchar un motor lejano, tomó aire—. Y es hora de que terminen.

Ambos vieron el vehículo acelerar hacia ellos. Ella estaba a un solo paso de la carretera.

—Espere un momento, no… —El hombre se acercó a la mujer.

—Siento haberte puesto nervioso con esto. No lo haré más —fue lo último que dijo.

Él fue a impedirlo. Sin embargo, se tropezó en el último momento.

 

Al ver la hora, el hombre saltó de la cama. Iba a llegar tarde al trabajo, lo que sería algo peor que la muerte.  

Fin

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