1ºRelato: El Recorrido Final

Ana se colocó el velcro de sus zapatos. En un acontecimiento poco común, se había levantado con tanta energía que ni necesitó desayunar. Sabía que hoy era cuando se superaría a sí misma, lo notaba en lo más profundo de su ser, hoy era cuando conseguiría recorrer toda la avenida.

Antes, siempre se encontraba con algún contratiempo u obstáculo que la interrumpían: Reuniones con familiares, visitas al médico, trabajo… Pero ahora estaba libre y lo más importante, lista.

Tras llenar su botella de agua, se acercó a la puerta, cuando notó el zumbido en sus oídos: Un mosquito se posó en su brazo izquierdo. La pálida mancha inyectó su aguja en su piel. Ana reaccionó de inmediato y trató de aplastar al insecto. Pero fue demasiado tarde y la mujer observó cómo el veneno se esparcía por debajo de su piel.

Por un instante, Ana dudó en empezar su travesía, pero el sentimiento no duró y el veneno desapareció. El día estaba soleado y despejado, aunque no tenía calor a pesar de llevar puesto su abrigo y gorro. Ella adoraba sentir el viento acariciar su pelo, pero con el invierno acercándose, no quería arriesgarse a pillar algo si el tiempo cambiaba en el último momento.

Era temprano, así que comenzó su trayecto con poca gente a su alrededor, manteniendo un trote ligero y suave.  Tras varios minutos, se tuvo que detener a abrocharse los cordones, una molestia que tuvo que aguantar en más de una ocasión. Fue en una de esas paradas cuando notó la suciedad que la rodeaba: una mezcla de sólidos y líquidos, que se había desperdigado por doquier, carne putrefacta que no parecía tener fin. 

El fétido olor la apresuró a ponerse de nuevo en marcha, empezando a correr con un trote más rápido. No paso mucho tiempo cuando se dio cuenta, debido a su respiración agitada y seca, de que se había olvidado de llenar su botella. Por suerte, estaba delante de su gimnasio y decidió que se merecía un pequeño descanso.

Ángel estaba en la recepción, quién cambió de inmediato la sorpresa de su rostro por una expresión de alegría:

—¡Ana, te ves estupenda! 

—Es gracias a las horas que he pasado en este sitio, Ángel.

—¿Quieres que te abra? No hay mucha gente, así que si quieres que uno de los muchachos te ayude en las maquinas, estaríamos encantados.

—No, no he venido a practicar. Solo quería pasarme a comprar agua y entonces continuare corriendo.

—Vale, no te esfuerces demasiado, cariño.

Ana solo pudo sonreír ante su preocupación. Ya tenía la nueva botella en sus manos cuando algo se rebeló en su interior y corrió hacia al baño, justo tiempo para vomitar rojo en el inodoro. No permaneció mucho tiempo allí, rodeada de moscas y gusanos. Ignoró los comentarios de Ángel y una vez fuera, se sumergió en la carrera.

Sin embargo, el universo parecía querer detenerla en su misión, pues la avenida estaba de nuevo cubierta de esa infernal basura, esa putrefacción que trataba de abrazar su cuerpo, ese olor que le cortaba la respiración y la hacía sudar sangre.

 Y entonces ocurrió. Sus piernas dejaron de obedecer y Ana cayó. No a la putrefacción, sino al suelo.

El dolor rompió la ilusión.

No había cordones que la hacían parar una y otra vez. No había podredumbre, gusanos y moscas en las calles, solo en su interior. El propósito del veneno era limpiarla, pero solo parecía romperla poco a poco. Odiaba su nuevo cuerpo, su nueva situación. Como algo tan simple y rutinario era una epopeya que amenazaba con matarla. Pero no tenía otra opción y, cómo todos habían ordenado que hiciera, iba a tener que aceptar la realidad, al veneno, cómo su nuevo estado de ser.

Ana notó entonces, el risco que señalaba el fin de la avenida. Se dio cuenta de que sí se rendía ahora, nunca terminaría el recorrido, nunca volvería a sentirse orgullosa de su cuerpo. No, no podía rendirse ante la realidad. Su fin estaba predicho, pero aún no iba a aceptarlo.

Se levantó como pudo, ignoró la nauseabunda preocupación en el ambiente y continuó. No cómo antes, tenía que adaptarse, por mucho que lo despreciará. Caminó con pasos ligeros y calculados, descansando cuando sentía que era demasiado.

El sol ya estaba en lo alto cuando Ana subió la cuesta del risco. Su corazón estaba a punto de estallar y agujas atravesaban todos sus miembros. No se desplomó por voluntad propia, pero no le importaba, lo había conseguido. En ese sitio, en ese momento, estaba limpia. Se quitó el gorro y sintió el aire en su cráneo.

Por primera vez en esa mañana, Ana sonrió.